Por Beatriz Valencia Gómez
En política se puede debatir.
Se puede controvertir.
Se puede cuestionar.
Lo que no se puede hacer es aplicar la doble moral.
He visto cómo, dependiendo de quién sea la mujer que alza la voz, cambian los discursos. Cuando conviene, se habla de respeto, de dignidad y de defensa de la mujer en la vida pública. Pero cuando una mujer denuncia irregularidades, señala riesgos o exige el cumplimiento de la norma, allí se le acusa de victimizarse.
¿Entonces en qué quedamos?
¿El maltrato solo existe según el color político?
¿El respeto depende del cargo que se ocupe o de a quién se esté defendiendo?
Yo no hablo desde la victimización. Hablo desde la responsabilidad. La responsabilidad de gobernar, de advertir cuando algo no cumple con las condiciones técnicas, de exigir que las acciones públicas se hagan con transparencia y dentro del marco legal.
No se trata de micrófonos ni de ataques personales. No se trata de narrativas convenientes. Se trata de principios.
Cuando una mujer ejerce autoridad, cuando toma decisiones y cuando defiende la institucionalidad, eso no es fragilidad. Eso es liderazgo. Y el liderazgo implica incomodar cuando es necesario.
Defender el cumplimiento de la norma no es un acto de debilidad. Es un deber. Gobernar no es guardar silencio para evitar críticas; gobernar es asumir posturas claras, incluso cuando eso genera controversia.
Nuestro municipio no necesita confrontaciones estériles ni espectáculos mediáticos. Necesita coherencia, respeto y obras bien hechas. Necesita decisiones tomadas con criterio técnico y con responsabilidad social.
La igualdad no puede ser selectiva.
El respeto no puede ser oportunista.
Y la defensa de la mujer no puede convertirse en un discurso útil solo cuando conviene políticamente.
La coherencia también es una forma de respeto. Y yo seguiré ejerciendo mi cargo con esa coherencia, pensando siempre en la gente y en el bienestar colectivo.





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